Un sábado cualquiera, mientras me dirigía de Santo Domingo a Higüey, viví una situación que me dejó pensando en los peligros a los que se exponen muchos menores de edad cuando salen de sus hogares sin medir las consecuencias de sus acciones. Mientras viajaba en la guagua, delante de mí iban tres jovencitos sentados en dos asientos: una hembra y dos varones. En un momento del trayecto, se acercaron a mí para preguntarme dónde quedaba Punta Cana, y si debían tomar otro autobús para llegar. Les respondí que sí y les expliqué las divisiones de la zona y hasta dónde los dejaría la guagua en la que viajábamos.
Durante la conversación, me contaron que supuestamente pasarían a recogerlos en una tienda en Punta Cana, pero que ni siquiera sabían exactamente hacia dónde iban. Les pregunté de donde eran y me respondieron que los tres venían de la “42”, del capitalino sector Capotillo, y que se dirigían adonde unos amigos.
Cuando llegamos a la última parada, en Higüey, les dije que debían quedarse allí y que yo también permanecería en el lugar mientras me pasaban a recoger. Al bajarnos del autobús, me preguntaron cuánto costaba llegar hasta Punta Cana. Les dije que podía ser entre 180 y 200 pesos por persona, aunque no estaba completamente segura.
Fue entonces cuando uno de los jovencitos, de piel morena y delgado, quien llevaba unas pestañas y el cabello envuelto en una redecilla (tubi), me dijo que no tenían dinero, porque los 500 pesos que llevaban se habían gastado en el transporte de Santo Domingo a Higüey. Tenía una funda negra en las manos, aparentemente con sus pertenencias. La niña llevaba una funda negra con algunas pertenencias personales. Tenía pestañas postizas y, al igual que el jovencito moreno y delgado, llevaba el cabello envuelto en una redecilla.
La niña vestía una blusa corta mientras soportaba el frío de esa noche. El otro jovencito era delgado, el más blanco de los tres y el de mayor estatura. Llevaba una mochila. Les pregunté si los tres eran menores de edad y me respondieron que sí. No pude contener el enojo y les cuestioné dónde estaban sus padres. Los tres me dijeron que sus padres estaban en Capotillo.
Entonces les pregunté: ¿Ustedes andan sin dinero y lejos de casa? ¿No saben el peligro y las cosas feas que están ocurriendo actualmente? Ustedes son menores de edad, son las nueve de la noche, están lejos de sus hogares y no tienen dinero. Su única reacción fue poner los ojos en blanco y reírse. En medio de aquella situación, me preguntaron si podían irse a pie desde Higüey hasta Punta Cana. Mi respuesta fue un rotundo no. Les expliqué que la carretera es oscura y peligrosa, y que ni siquiera sabían exactamente hacia dónde se dirigían.
Mientras tanto, la joven intentaba llamar a una persona que, supuestamente, iría a buscarlos en un vehículo para llevarlos a su destino. El otro joven, el morenito, me dijo que no tenían carga en su teléfono para poder comunicarse y ver qué iban a hacer. Sin embargo, devolverse tampoco era una opción, porque ya no tenían dinero y, según él, a duras penas habían podido llegar hasta Higüey. Les dije que no llevaba efectivo para darles a los tres. Luego tuve que irme y nunca supe en qué terminó la historia de aquellos jovencitos. Pero les dije cual guagua debían tomar para dirigirse a su supuesto destino.
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