Los números hablan más fuerte que cualquier discurso político populista. Según el censo del 2022 (puesto en tela de juicio por la comunidad) Verón-Punta Cana pasó de 43,982 habitantes en 2010 a 138,919 en 2022, y se proyecta que alcance 241,767 en 2035. Es una población que se multiplicó por más de tres en doce años. Hoy supera en habitantes a más de 130 de los 158 municipios del país. Es el 3er. distrito municipal más grande de la República.
Y aun así ha sido gobernado con la estructura de un paraje. Con Verón-Punta Cana convertido en municipio, la reforma solo se completa si Punta Cana y El Salado- La Ceiba reciben la categoría de distritos municipales. Ahí es donde el ciudadano de a pie gana de verdad. Un gobierno que se puede tocar. Un distrito municipal tiene director, junta de vocales y presupuesto propios. El vecino que hoy no sabe a quién reclamar tendrá una autoridad electa a pocos minutos de su casa, a la que podrá exigir cuentas cara a cara. Servicios para una población que no deja de crecer.
Recogida de basura, alumbrado, bacheo, drenaje y espacios públicos, etc., no puede depender de las prioridades de una municipalidad lejana. Con casi 140,000 residentes en 2022 y cerca de 242,000 proyectados para 2035, cada año de demora en descentralizar se traduce en calles más congestionadas y servicios más rebasados. Un distrito administra lo suyo y responde por lo suyo. Voz propia en el reparto de recursos. La desproporción es conocida: en 2024, Higüey tenía un presupuesto de 900 millones de pesos y Verón-Punta Cana, de 350 millones.
Una zona que genera tanta riqueza debe decidir por sí misma cuáles son sus prioridades: una escuela, un dispensario, una cancha, una acera. Defensa del territorio. Una autoridad cercana vigila mejor el uso del suelo y frena el desorden constructivo. Eso protege el ambiente que sostiene el turismo y la calidad de vida de quienes viven aquí todo el año, no solo en temporada alta. Empleo local. Un distrito con capacidad de gestión coordina con hoteles, empresas y centros de formación para que los jóvenes de la zona accedan a las plazas que genera su propio polo turístico. Participación que se ejerce.
Presupuesto participativo, cabildos abiertos y vigilancia ciudadana del gasto solo funcionan cuando la autoridad está al alcance de la comunidad. La categoría no hace milagros. Sin transparencia, capacidad técnica, planificación y reglas claras de organización y financiamiento, un distrito puede ser una burocracia más.
Por eso la ciudadanía debe saber apoyar lo que más conviene y desde el primer día elegir a los más capaces, aunque no sean políticos activos, exigiendo con firmeza, desde el principio, presupuestos publicados y rendición de cuentas periódica. Pero la dirección es correcta. Un pueblo que crece a este ritmo no puede seguir gobernado a control remoto. Cuando Punta Cana y El Salado- La Ceiba tengan su propia autoridad, el ciudadano dejará de ser un trámite pendiente y volverá a ser el centro de la decisión pública.
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