Escribir el hoy 1/2

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Albert Camus escribió en su libro “La peste” que la alegría está siempre amenazada, que nunca hay ni podrá haber una victoria definitiva sobre la contingencia, sobre el sufrimiento y la muerte, porque el bacilo de la peste no desaparece jamás, porque está al acecho, dormido en la prosa del mundo, esperando una nueva oportunidad para irrumpir en nuestros cuerpos.

Ha pasado más de un año desde que varios amigos murieron del covid-19, pasé varios días pendientes de ellos, ahora que ha bajado la mortalidad, me siento movido por contar qué sentí en esos días, porque pudo acontecer lo contrario.

A veces me preguntaba, cuándo terminará está enfermedad. Me lo he preguntado una y varias veces en este año, la respuesta la busco todas las noches cuando reviso los periódicos, o cuando me entero de que alguien cercano o conocido falleció. Es verdad que en estos meses se han ido muriendo varias personas conocidas de esta terrible enfermedad.

Cómo si se tratara de un castigo, de una penitencia, de un pecado capital, que tenemos que pulgar con ver la partida de seres apreciados. La lucha con esta enfermedad ha sido sin tregua, entre los científicos, médicos, enfermeras, policías, y autoridades gubernamentales.

Se están escribiendo miles de páginas sobre ella, sobre esta enfermedad, que nadie sabes de donde llegó con certeza, si se originó en el municipio de Wuhan en el mercado de Huanan.

La vida es como una ola, de simple, de frágil, de necia, a veces con nosotros mismo, pero es tan bella, tan agradable cuando podemos ver la bondad de Dios reflejada en los ojos, en el vuelo de los pájaros, en la brisa, en el nacimiento de un niño, en la magia de la luna al salir en el horizonte.

Por eso hay que escribirlo todo y mirarlo, robarle un segundo al tiempo, y agarrarse con las garras del que se marcha con el tiempo. Para que nada se olvide ni se pierda en el polvo al que estamos condenados todos. Vivir es escribir sobre lo que pasa en el día a día, es ser cronista de la simpleza, de lo que vemos, es sacar una libreta y apuntar el tiempo, para que el olvido no borre, no mate también lo que sentimos.

Mirar y escribir lo que hablan las personas comunes y reflejar en la prosa un párrafo de sus vidas, de las cuales comparto sin que ellos se den cuenta, de que cada palabra que escribo y comparto la veo en los rostros de los amigos. La vida es un regalo del día, desde que el sol sale.

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