El viaje de Trujillo a Higüey

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El viaje de Rafael Leónidas Trujillo a Higüey en busca de aumentar sus predios cañeros, para obtener la bendición de los rayos solares, junto con los beneficios de las lluvias caídas a borbotones a través de las vaguadas, que fertilizan las tierras.

Esa mañana de octubre amaneció gris, todo el cielo parecía cubierto por pintores angelicales con sus pinceles grises, luminiscentes, pintando un cuadro al óleo, donde cuelgan ramilletes de limoncillos de envolturas verdes, en unos árboles verdes cuyos follajes miríadas de ángeles infantiles quieren alcanzarlos para saborear el dulzor de una fruta amarillenta, que poseyeron cuando disfrutaban de la vida terrenal. En la arcilla de la aldea donde Adán y Eva, en un retorno a la vida contemplan sus hijos inspirados en proyectos y descubrimientos que nunca ellos soñaron, mientras están otros envueltos en estela analfabeta, cuyo cerebro encubre y llena de miserias tan aterradoras que parecen morir mientras viven, sin conocer la verdad, y sin que esta verdad los haga libres.

A las nueve de la mañana hizo su entrada a la vieja y blasonada Villa de los Milagros Salvaleón de Higüey, en un carro Chevrolet color negro, con su acompañante don Virgilio   Álvarez   Pina,   el   generalísimo   doctor   Rafael   Leónidas   Trujillo   Molina, ‘Benefactor y Padre de la  Patria Nueva’, quien andaba en una diligencia de su interior empeño, que parece haber pensado en una noche de negocios acompañado de brandy “Carlos Primero”, de su elección, gusto y sabor, y al ver el cielo gris pensó que debía estar más claro en el lugar de donde sale el sol  o Higüey, que significa sol en el lenguaje arahuaco, de cuyos vestigios ineludibles, se ha encontrado en la isla Saona, prueba de su existencia dos mil quinientos años antes de Cristo, según el escritor e historiador Bernardo Vega.

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