Las escuelas son la cuna donde se construye el futuro de los profesionales, del sostén institucional y democrático de una nación. Allí comienzan a cuajarse los sueños de una sociedad más justa y próspera. Las escuelas son el punto de partida donde una nación comienza a escribirse a sí misma. En sus aulas se moldean los ciudadanos del mañana, se cultivan valores, pensamiento crítico y esperanza colectiva.
Por eso, resulta injustificable que tantos centros educativos permanezcan en estado deplorable, con obras inconclusas, estructuras peligrosas y condiciones indignas para el aprendizaje. Para examinar esta realidad, indignante y cuestionable, el semanario El Tiempo realiza una serie de reportajes sobre las escuelas de la provincia La Romana.
Lo revelado en estas investigaciones refleja una negligencia extendida en otros pueblos: Escuelas con paredes y techos agrietados, centros levantados en terrenos inadecuados o que debieron inaugurarse hace años y hoy son ruinas cubiertas de malezas. Frente a este escenario no hay excusas que valgan. El dinero público debe usarse, primero que nada, para garantizar una educación digna y de calidad.
Cuando una escuela se derrumba por abandono, también se desmorona la esperanza de una generación. ¿Cómo exigir resultados a docentes y estudiantes si el Estado mismo les niega lo básico? ¿Qué mensaje estamos enviando cuando permitimos que los niños aprendan entre escombros? ¿Qué tipo de ciudadanos estamos formando en medio de toda suerte de incomodidades y del riesgo físico constante? El Estado ha fallado. Y no por falta de recursos, sino por una negligencia que atenta contra el derecho fundamental a la educación.
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