PINCELADAS / Siete de julio, pinceladas de una vida

Ernesto Rivera (DUKE).

Ernesto Rivera (Duke) / [email protected]

El viaje (8)

Oye esta otra. Cuando Trujillo anunció en el Santuario de la Virgen de La Altagracia con su voz aflautada que “Higüey merecía y debía ser provincia”, primera vez que oí aplaudir dentro de la iglesia, yo fui de los que aplaudió hasta dolerme las manos.
Toda mi vida de adolescente tuve esta venda (y quién no), hasta que entré en contacto con ustedes, los cabeza calientes de Conuco, y se me abrieron los ojos y e entendimiento.
Después ya lo experimenté en carne propia con la persecución y el atentado contra mi padre, y no hay para qué seguir contándote de esto, porque tú lo conoces bien.
Ahora bien, de adulto o más bien de viejo, me volví malicioso, tú ya has oído decir que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Y con la edad viene la prudencia, que algunos llaman diplomacia, pero yo le llamo por igual, malicia.
¿Te acuerdas cuando ocurrió el tiranicidio? El apellido Cedeño de Pedro Livio, aunque en principios me hizo pasar muchos malos ratos y sustos a granel, después y, sobre todo, en tu región del Cibao me abrió muchas puertas, mucha admiración y muchos amigos. Con este apellido mi familia tenía asegurado un héroe reconocido. Unos estaban segurísimos que éramos primos, para otros yo era su sobrino. Yo ya ni sabía lo que éramos en realidad, pero el apellido me hacía importante y lo disfrutaba.
Un viernes en la tarde llegamos de fin de semana a tu casa. Todavía estábamos saludando cuando llega una camioneta llena de militares a un allanamiento. Buscaban a Manolo Tavárez Justo, que según ellos estaba escondido en un aljibe dentro de la propiedad de ustedes.
No encontraron a Manolo, pero sí a un tipo raro, largo y flaco con el apellido Cedeño de Pedro Livio u como él, de Higüey. Éste, dijeron ellos, debe ser de los que mataron al Jefe, y más rápido que un mandado, me tiraron dentro de una camioneta.